No es mi objetivo enseñarle a vivir a
los demás, usando la literatura para dar recetas, consejos,
esperanza, lecciones éticas o momentos inolvidables al final
de la jornada. No tengo delirios mesiánicos ni balsámicos.
Yo sólo escribo. El lector tiene que hacerse cargo de su vida
y si encuentra un texto que le devuelva las ganas de creer en algo,
que me diga cuál es así lo leo yo también. No
me gustaría ser declarada de interés cultural para
la Nación ni dar conferencias ni participar en tertulias de
café porque no hay nada más aburrido que hablar de
literatura. Menos aún, ganar el Nobel y tener que ir, disfrazada
de Barbie, a departir con un grupo de carcamales.
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