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La vida es simple (2000)

Siempre asocié a Carmina con la podredumbre. Seguramente porque la tarde en que la conocí había cien gramos de jamón cocido descomponiéndose en la mesada de su cocina con un cráter de gusanos blancos en el centro. No tenía heladera, era verano, hacía calor... se justificó. Pero lo cierto es que la putrefacción no le había importado nada hasta que yo entré. Con la torpeza de una niña agarró los cien gramos de jamón y los tiró en el cubo de basura. Trató de conversar pero volvía con las justificaciones todo el tiempo. Y yo siguiendo la trayectoria de sus manos sin lavar después de haber tocado el jamón. Pobrecita: estaba tan incómoda que daba risa. Era la amiga de un amigo de un amigo. Ya no recuerdo quiénes eran todos esos que me la presentaron. Ella había sobrevivido después de la bomba que acabó con todo a mi alrededor. Todos habían muerto para mí aunque sus cuerpos anduvieran por ahí disimulando.
Y ahora Carmina me conducía hacia ella. Iba sentada en su auto moviéndose un poco al compás de la música. Yo no sabía nada de lo que le iba a pasar pero, en parte, la miraba en ese momento como por última vez. Ya era solamente lo que quedaría de ella. Su piel amoratada sobre hojas secas o sobre tierra recalentada de baldío. Así que yo lo sabía todo sin saber nada. Unos metros antes de llegar, el corazón comenzó a latirme muy fuerte. Estaba tan excitado que no podía quedarme quieto en mi asiento. Mi nueva casa. Algo turbio y sofisticado se percibía en su inocente fachada. Tanto que Carmina se quedó quieta, inclinada sobre el volante, mirándola en silencio. Bajamos. Las paredes eran blancas. La puerta era blanca. Alguien había escrito con graffitti «Muerto en pogo». Sobre el blanco inmaculado era un presagio trágico. Carmina me pidió las llaves. Estaba ansiosa por ir hacia el final. La vida sabe lo que tiene que hacer. Empieza y termina las cosas con una sencillez desalmada.
La canilla de la cocina goteaba. La cerré con todas mis fuerzas pero las gotas solamente cambiaron de ritmo. El paisaje de la ventana me distrajo. Carmina quería ordenar el jardín y trasladaba unos tablones de madera de un rincón a otro. Traté de adivinar qué utilidad tenía el cambio de rincón y sentí ternura por ella. Era como un chimpancé. No reflexionaba antes de actuar: probaba, probaba y probaba pero, a diferencia del chimpancé, no llegaba a ninguna solución sino que se aburría y cambiaba de problema. Alguien me estaba mirando desde la puerta. Sentí como si se me quemara la nuca. Me di la vuelta y entonces la vi por primera vez. Estaba allí de pie. Con la vista perdida en el suelo y el ceño fruncido de angustia, frotándose las manos tan fuertemente que parecía que se las iba a deformar. Estaba pálida como lo están los trasnochadores empedernidos. El goteo de la canilla nos molestaba. Con suavidad estiré el brazo hacia atrás para tratar de cerrarla. Necesitaba silencio absoluto para observarla. Porque eso era lo que ella quería. No me miró. Para que supiera que la misión que venía a imponerme era más importante que cualquier necesidad mía. Era su forma de marcar territorio. Cada vez que aparecía, el tiempo corría distinto. Distinto entre nosotros dos. Yo podía observar cada uno de sus detalles y analizar lo que podían significar pero después, cuando el mundo nos interrumpía, me daba cuenta de que sólo habían transcurrido un par de segundos. Carmina había entrado en la cocina y había guardado algo en la alacena. Y, enseguida, se volvió para pedirme que le alcanzara una bolsa de arroz. Yo estaba absorto.
-¿Qué te pasa?- dijo y, como supuse, la figura desapareció en esa mínima fracción de tiempo en que cambié mi punto de atención. No hacía falta preguntarle si la había visto u oído. Sabía que no y así era mejor: cualquier respuesta racional que su cabeza hubiera podido elaborar sólo iba a servir para enturbiar mi percepción de ella. Ella era una figura esplendorosamente coloreada sobre la pared blanca. Estaba como implantada en el espacio. Implantada para mí.
Se hizo de noche. Y hasta entonces el cielo enloqueció con los colores. Estuvo amarillo, gris, rosa y fucsia hasta que el negro ganó la partida. No había luna. Carmina se fue. Estaba agotada de sus tareas inútiles. Prometió volver temprano para seguir desayudándome. Cuando salió de la casa la miré alejarse desde la ventana, cosa que habitualmente no hago. Habitualmente me comporto como si las personas que atraviesan el umbral de mi casa se desmaterializaran. Habitualmente cierro con llave y me siento en paz cuando los demás salen de mi escenario. Pero esa noche sentí el impulso de irme con ella. No me gustaba nada aquella casa maldita. Ni haber sido elegido para algo. No me molestaba tanto durante el día. Pero por la noche todo era diferente. Cualquier detalle se volvía siniestro. Cada ruido, una queja. Cada sombra, una amenaza en potencia. Pasé por el pánico como una luz hasta que mi pragmatismo me armó de valentía. No podía escaparme y, entonces, debía estar a la altura. Me acosté sin cenar: lo cotidiano ya estaba perdiendo fuerza aún cuando no había sucedido ni la mitad de lo que iba a suceder.
Sentí que la habitación era demasiado grande para cobijar mi sueño. Necesitaba acurrucarme en algún lugar. Tomé mi almohada y corrí hacia una solución desesperada: me acosté dentro del armario. Pero al cerrar las puertas me daba miedo no poder ver la habitación así que salí del armario y deambulé por la casa encendiendo todas las luces. También encendí el televisor. El único ser que generosamente alivia todas las situaciones sin pedir nada a cambio. Cuántas veces salvó cenas y almuerzos llenando de risas y jingles los silencios violentos de mis padres. Cuántas veces evitó, con su alegría naïf y su despreocupada ignorancia, que se agarraran a piñas frente a mí. Mi intuición me decía que esa noche ella no iba a aparecer. Pero mi razón me decía que la intuición falla cuando se la confunde con los deseos. En algún momento de mis cavilaciones asustadas me quedé dormido. Un golpe violento me despertó de madrugada. Me incorporé en el sillón totalmente confundido. No reconocía mi nueva casa, no entendía que hacía el televisor encendido... un hombre calvo con muchos músculos y dientes me sonreía bajo un par de pesas de cincuenta kilos. Otro golpe. Parecía venir del primer piso. Tenía frío, estaba temblando. La casa estaba helada. Otro golpe y yo preguntándome cómo mierda iba a hacer para calentar esas habitaciones enormes. Llegué al pie de la escalera. Los golpes comenzaron a ser más continuos. Subí despacio. La luz del hall del primer piso estaba encendida. Los golpes eran furiosos. Ya no tenían un ritmo definido, eran un delirio amorfo. Y entonces vi los libros de las bibliotecas saliendo disparados de los estantes. Algunos se chocaban entre sí en el aire, otros se estrellaban violentos contra la pared opuesta, otros se levantaban del suelo y volvían a tirarse contra él como enfurecidos. Me desperté en el sillón. Miré el televisor. El hombre de los músculos estaba ahora corriendo sobre una cinta. Tenía frío. Me incorporé. Odio dormirme vestido y despertar con frío. Ya estaba amaneciendo. El silencio era absoluto. Subí la escalera. En el hall del primer piso todos los libros de las bibliotecas estaban desparramados en el suelo.
Carmina llegó temprano. Me había comprado una cortina para el baño. Se extrañó por los libros tirados. Mentí diciendo que los había sacado para reordenarlos. Y soltó una de esas carcajadas suyas tan molestas mientras entraba en el baño a colocar la cortina. Me recosté en la cama, mi cuerpo estaba destrozado. Su carcajada aguda. Eso fue lo último que oí antes de quedar dormido con la seguridad de su presencia. Soñé cosas estúpidas y obscenas sin control, frenéticamente. Los sueños se quitaban la palabra entre sí y aunque sentía que pesaban dos toneladas, había una parte de mi cerebro que continuaba despierta y temía por mi salud mental. De pronto me di cuenta de que veía la habitación mientras soñaba. Estaba durmiendo con los ojos abiertos como un cocodrilo. Carmina estaba tomando agua del pico en el lavamanos. La observé sin mover un músculo. Yo era un cocodrilo y ella una gacela tomando agua en la orilla de mi charca. La sentí apetecible. No de hambre, ni de sexo. Era otra apetencia. Una que nunca había sentido. Algo relacionado con los gusanos blancos en su jamón putrefacto. Entonces ella apareció por segunda vez. Ahora sí me miraba. Asomó sonriente por detrás de la puerta. Le brillaban los labios y los ojos. Era hermosa. Y me invitaba a continuar hasta el final. Quería que lo hiciera mientras ella me miraba. Quería estar orgullosa de mí. Me prometía cosas. Premios. Pero Carmina cantaba, inocente. Luché. Luché con todas mis fuerzas para no ir a buscar un cuchillo y abrirle un tajo en el pecho de punta a punta. Me desperté de un salto como si saliera del agua justo antes de ahogarme. Carmina corrió a abrazarme y me aseguraba que sólo había tenido una pesadilla. Me acariciaba el pelo dulcemente. Me hubiera gustado explicarle lo que acababa de desear. Y que me consolara también. Y me llevara lejos. A un lugar seguro donde no existiera la suciedad. Ni los deseos. Ni los gusanos. Pero no soy idiota: si le contaba no me iba a consolar. Iba a dejarme solo, expuesto a ella y su venganza. No. Simplemente disfruté el abrazo mientras duró y después seguí moviendo los mecanismos de mi cerebro para cumplir con mi misión más adelante. La próxima vez no tenía que luchar porque ella podía ser infinita pero su paciencia no. «Mierda» me dije desolado.
Mis manos no tuvieron nada que ver pero igual me las lavé toda la tarde hasta que me brotó sangre de los poros. A partir del sueño del cocodrilo, ella entraba y salía de mi cabeza como quería. A veces, veía su cuerpo pero no hacía falta: la mayor parte del tiempo me hablaba directamente desde adentro, desde de mi propia mente. Y me advirtió que no iba a tolerar otra prórroga. Tenía que cumplir de una puta vez con mis obligaciones. Hasta me soltó una de esas frases vulgares como «Primero la obligación, después la devoción».
Pasé los siguientes días tratando de pensar en mi amor. Llegaba a concentrarme tanto en ella que empezaba a tropezarme, a llevarme todo por delante, a decir cosas en voz alta sin darme cuenta, a recostarme adormecido en todos los sillones. Repasaba su imagen cada vez que el miedo quería tomar mi cabeza. Era delgada. Todos los pantalones le quedaban grandes. Tenía los ojos tan vivos que parecían verdes o azules cuando, en realidad, eran marrones. Para fortalecer su aspecto se cortaba el pelo como un chico. Pero era un caso perdido: la sensibilidad se había apoderado de su cuerpo. Era una manifestación andante de su ansiedad, de su inteligencia exquisita, de su ternura. Era fea y mi historia de amor. Pero era blanda para enfrentar a mi fantasma. Blanda y normal. No me sirvió esa vez. Tenía que ser algo más poderoso.
Cerré los ojos. «Ahí está el barrio de las calles anchas. Todo es luminoso. Y un vecino lavando su auto. Y el auto que deja correr el agua por sus formas redondeadas hasta la exageración. Y brillan los guardabarros cromados. Y el verde aceituna de la carrocería es tan intenso que dan ganas de comérselo. Seguro que se me deshace en la boca. Y el vecino silba canciones de amor que todos pueden cantar. La calle está despejada y suavemente soleada. Seguro que de lejos llega la voz de un niño. Jugando. Riéndose. Y sobre una cama de césped aún húmedo hay una muñeca de plástico recién comprada. Y las hebritas de su cabello bailando en el aire parecen de oro. Y en una casa con techo de tejas hay una chica atrapada en la cama por sus ensoñaciones cuando debería estar estudiando. Seguro que alguien está batiendo un pastel de vainilla. Y se chupa los dedos. Y me voy a cruzar con la vecina que sale cada día con un hombre diferente y que lleva pulseras brillantes. Y veré a dos amigos hablando idioteces alegres y picantes a la sombra de un árbol de cien años. Mientras un vientito transparente lleva y trae los olores de las flores de todos los jardines del mundo. Seguro que puedo ver en una ventana a una madre enseñándole a bailar a su hija. Seguro que ninguna de las dos va a morir nunca. Van a seguir ahí bailando para siempre. Todo el barrio va a permanecer como lo veo ahora. Amable, soleado, feriado, inmune al dolor y la enfermedad... dentro de una burbuja tan impenetrable que ni yo puedo atravesarla».
Me di la vuelta y tenía el cuchillo de cocina en las manos. Estaba en medio de un campo de girasoles y todos estaban vueltos hacia mí como si yo fuera el sol. Eran como un público, una audiencia infinita que me miraba expectante, pendiente de mi próximo paso. Un público difícil, impasible, sin reacción. Casi como un jurado. Algo me chorreaba por las piernas. Me miré. Estaba lleno de sangre. En las manos, en los pantalones, en el cuchillo. Pero no era mía. Tardé unos segundos en darme cuenta de que Carmina estaba tirada a mis pies, mucho más llena de sangre que yo. Su cuerpo desnudo estaba tendido boca abajo en una pose ridícula, muy poco dramática, con las rodillas juntas y los pies vueltos hacia adentro. Me sonreí con ternura. Era una payasina incluso para morir. Después vendrían el dolor, el miedo y la culpa pero ahora estaba viviendo ese momento paso a paso sin que emociones groseras me interrumpieran. Fui tomando conciencia suavemente. Poco a poco empecé a escuchar. A menos de diez metros los autos estaban pasando por la carretera y quizá la gente estuviera viendo mi cabeza asomada entre los girasoles sin saber ni sospechar lo que había debajo. Me hubiera gustado poder detener el tiempo para disfrutar un rato más la sensación de alivio, paz e impunidad que sentía en medio de los girasoles. Ella ya no estaba. Sus huellas me abandonaban hacia el Oeste. La sonrisa no había dejado mi rostro cuando se fue aproximando un auto viejo. Un niño iba asomado a la ventanilla. Me sacó la lengua. Él sabía. El sueño había terminado.

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