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Sangre, pasión y ajos (1992)
Esta es la historia de Mauricio Castelar, en
adelante el imbécil,
y de Bárbara García, en adelante la ingenua. Y de cómo
vino a interponerse entre ambos Palmira Abdala, en adelante la vampira
y/o la vecina.
El imbécil siempre cantaba canciones desde cuyas letras conminaba
a la gente (ese ente abstracto tan querible para él mientras permaneciera
abstracto) a seguir luchando cuando su vida no era más que un
catálogo de batallas sin pelear. Canciones desde las que hablaba
en nombre de los gorriones y a favor de la marihuana libre. Admiraba
de igual manera a Mahatma Gandhi, Bill Gates, el Che y Madonna sin darle
la menor importancia a las diferencias que los hacían irreconciliables
entre sí. Y no le importaba porque esa indiferencia, ese tesón
por nadar en la ignorancia era algo que había mamado desde la
cuna. Una vida de dobles discursos nacidos de la desidia más que
de la maldad era en la que había aprendido a ser hombre. Una vida
en la que un domingo sin la pasta de mamá era la auténtica
noción de vértigo. El imbécil decía que la
ciudad era una cárcel y lo declaraba haciendo un picnic en un
triángulo de césped ennegrecido que dos tramos de la autopista
habían tirado como una limosna. Decía que su mujer ideal
era la Madre Teresa de Calcuta. Decía que no importaba la belleza
exterior y, para que no quedaran dudas, escondía muy bien su colección
de revistas porno que por efecto de tanto semen añejo ya casi
parecían incunables, con páginas tan baqueteadas que entre
las piernas abiertas de las mujeres podía verse a todo el ejército
hitita viniendo a la carga. Pero él sabía muy bien lo que
tenía que decir para ser aceptado en los círculos que le
interesaban. En el lado de los buenos. Los que aman, los que construyen,
los que «hacen camino al andar», los que viven llenos de
esperanza, los que en sus maletas no llevan ropa sino sueños.
Los que a fuerza de optimismo y positivismo terminan justificando cualquier
cosa. Esos que siempre figuran primeros en la lista de los pérfidos.
Y la peor clase de pérfidos: los que traicionan por comodidad.
Como todas las personas espirituales y desinteresadas, el imbécil
se había buscado una esposa con plata, la ingenua, para asegurarse
de que nunca la factura del gas viniera a interponerse entre él
y el Cosmos. Ella le propuso mudarse a un lugar solitario «que
tenga río» y vivir de lo que diera la tierra y si la tierra
no daba nada... usar la tarjeta de crédito. Corrieron de la mano
a una inmobiliaria y eligieron una casita en el delta de cuatro amp.
amb. c/ plac., dep. de serv., tel. y jard., categ., B/est., Fac. de pago.
-Oh!... es una casa precio. Serem. m/felic. acá. ¡Te quier.,
mi/am.!- exclamó ella no bien bajó del catamarán.
Recorrieron el jardín sintiéndose más enamorados
que nunca.
-Todas las personas deberían tener una casita así... con
pequeñas flores y árboles... ¡grabemos nuestros nombres
en ése!- siguió exclamando. Y corrió hacia un viejo
gomero podrido al cual se abrazó con los ojos cerrados. Esos arranques
psicóticos de cursilería eran difíciles de tragar
incluso para el imbécil que a esa altura ya había tragado
de todo. Así vistos en el jardín, no hacían buena
pareja. Ella era alta y gorda. Él, bajito y escuálido.
Era difícil imaginárselo lidiando solo con toda aquella
carne desatada en una cama. Qué sería en esos momentos
de sus frágiles pulmones heridos por años de cigarrillos
mangueados en la calle.
Se recostaron en las tumbonas abandonadas del jardín para contemplar
su felicidad. Todo estaba en estado de abandono. Sucio, silencioso, lleno
de testimonios desconocidos. Se miraron sonrientes pero casi no podían
verse porque el viento levantaba papales y bolsas viejas de supermercado
a la altura de sus cabezas. Y a veces traía un ligero aroma a
algo que, en principio, parecía sangre.
Ya estaba oscureciendo y mientras él dormitaba en la tumbona,
la ingenua entró en la casa para hacer cosas estúpidas
como sacudir un colchón que llevaba veinte años juntando
polvo. Abrió las ventanas y entonces escuchó los cascos
de un caballo pisando el barro a paso lento. Encendió el farolito
del patio justo cuando la vampira conducía su caballo de patas
gordas hacia el imbécil. La ingenua bajó comiéndose
los escalones ya que la intrusa parecía llevar un gigantesco cartel
de PELIGRO sobre la cabeza. Pero llegó tarde. El imbécil
ya había abierto los ojos y se había encontrado con ella
que lo miraba artificial, ensayada y masticablemente. Y ya había
contestado la sonrisa de su boca roja brillante. Ella se había
detenido bajo la luz del farol posicionando a la ingenua en el triste
papel de iluminador de su escena de seducción. El imbécil
ya había entendido el mensaje. Ya era solo cuestión de
tiempo cuando su esposa salió al patio sin aliento.
-Soy... la vecina- dijo la vampira temiendo que su mediocre título
de presentación rompiera el hechizo. Bajó del caballo lentamente
para mostrarse con detenimiento. La conversación transcurrió incómoda
y cargada de dobles lecturas. Uno de ellos sobraba. La ingenua sabía
que era ella pero no estaba dispuesta a dejarse vencer. Atacó pidiéndole
a la vecina que le prestara unos guantes de goma, detergente, lavandina
y un secador de piso. Su vulgarización de la atmósfera
funcionó como un gancho de derecha que sorprendió a su
rival con la defensa baja. Pero la vampira era rival de todos hacía
años así que apeló a su espectacular juego de piernas
para esquivar el golpe que le tiró la ingenua cuando le preguntó si
eran suyas las bombachas rotas que ondeaban en el lavadero. Y entró bien
para conectar el contragolpe:
-No, yo no uso ropa interior- La ingenua trastabilló pero volvió a
la carga dispuesta a llevarse la corona. Puso a la vampira contra las
cuerdas y le propinó un contundente uppercut al recalcarle lo
bien que combinaba su tintura de cabello con el verdadero color de las
raíces sin retocar. La vecina quedó groggy y, a falta de
un árbitro compasivo, fue rematada con un swing letal directo
a la mandíbula cuando la ingenua le gritó que se apartara
porque su caballo se estaba cagando. En agradecimiento por tan excelente
espectáculo pugilístico, el imbécil invitó a
la perdedora a cenar esa noche. Ella aceptó escupiendo el protector
de mandíbula. «Lo sabía: está buscando algo... ¡la
muy puta!» pensó él. La ingenua preparó una
preciosa mesa. Esa era su cualidad sobresaliente. Pero había equivocado
el código. Su mesa pasaría inadvertida. Lo interesante
de esa noche era quién se comería a quién.
Los tres se sentaron a la mesa en un incómodo silencio. La ingenua
comía pequeños bocados con el meñique levantado,
precisos indicadores de su rancio abolengo según ella. El imbécil
comía a dos carrillos para calmar su ansiedad. Mientras que la
vampira sólo jugó con el tenedor, fumó y observó todo
con poco interés. No encontraron ningún tema en común.
Después de la cena fueron a tomar café a la sala. La vampira
revolvió con la cucharita durante media hora y después
evitó tomarlo argumentando que estaba frío. La ingenua
sentada en el borde del sillón, lista para salir corriendo a servir
a los demás, le ofreció calentarlo pero la vecina dijo
que el café recalentado «es un asco». Era afectada,
tímida, misteriosa y toda ella una solemne mentira. Pero las mentiras
solemnes son bien recibidas por los imbéciles. Hablaba poco o
nada. Se notaba demasiado que no quería mantener ningún
tipo de conversación con nadie. Sólo ponía calor
en sus palabras cuando descalificaba sino su voz era un murmullo nasal
y monocorde que la hacía parecer, incluso, un poco tonta. Seguramente,
por eso hablaba poco. La ingenua era más lista para manejar la
conversación. Era una pequeña hipócrita de provincia
ampliamente entrenada en el arte del protocolo. Podía reír
mientras mataba. Como las hienas. Pero tratar de frenar el río
de testosterona que el imbécil estaba derramando sobre la vampira
con sus pobres artimañas de anfitriona de pueblo era como construir
una represa con escarbadientes en el Amazonas. Sus palabras «astutas» sólo
estaban molestando. El imbécil se sentía absolutamente
disminuido y subyugado por la vecina. Luchaba con cada almohadón
para encontrar una postura cómoda. Le molestaban todas sus extremidades
menos una pero ésa debía permanecer en el anonimato por
el momento. Fuera, en el jardín, los murciélagos tenían
montada una verdadera juerga. Una ráfaga de viento atravesó la
ventana esparciendo el guano almacenado en la ventana.
-¿Qué es esto?- preguntó la ingenua.
-Mierda de murciélago. Acá son más molestos que
los mosquitos- contestó la vampira mientras caminaba hacia la
ventana moviendo las caderas exageradamente.
-¡Ay, cómo camina...!- se le escapó a la ingenua
que ya tenía las comisuras de los labios llenas de espuma.
-No, lo que pasa es que tengo una pierna más corta que la otra-
contestó la vampira mientras hacía el camino de vuelta
mirando al imbécil con la mirada de Salomé, Mesalina, Cleopatra,
Mata Hari y Lady Chatterley todas juntas, borrachas y calientes. Después
se disculpó, se despidió y desapareció entre el
batido de murciélagos.
-¡Todo el mundo tiene una pierna más corta que la otra!-
le murmuró la ingenua a su esposo que, para entonces, ya lucía
como un subnormal profundo.
-¡Es una estúpida!... ¡nos va a traer problemas! ¡yo
conozco a estas chanchitas!- exclamaba la ingenua con el rostro desencajado
mientras apartaba la sábana de la cama como un látigo.
-No te des cuerda- dijo con pereza el imbécil desde la ventana.
-Vos no entendés porque sos hombre. No viene más acá ¿está claro? ¡Mirá si
voy a cocinar durante tres horas para que ella desprecie todo!- dijo
antes de darse la vuelta en la cama cobijándose en sí misma.
Para poder conciliar el sueño diseñó fantasías
en las que su esposo rechazaba a la vecina frente a un estadio lleno
de gente, otras en las que los descubría juntos y los mataba a
tiros vestida como Bette Davis, otras en las que se fugaba con un hombre
millonario y rubio con el que saldría en las revistas de sociedad
que leerían él y la vecina muertos de envidia... Mientras
las fantasías fluían sin control en su cerebro, él
seguía en la ventana espiando la luz de la vecina que no había
comido, no había bebido y ahora no dormía. Lo cierto es
que ya había empezado a causar problemas. La ingenua, por primera
vez desde la boda, había dado una orden. Y él, por primera
vez desde que nació, no pudo dormir. Él que le pedía
tan poco a la vida, que hasta podía tomar café con leche
frío o dormir con la cama llena de migas, se sentía incómodo.
Estaba fascinado pero no había nada romántico: quería
tocarle el culo, simplemente.
Al día siguiente desayunaron, se bañaron, tararearon melodías
ligeras y miraron a escondidas el uno del otro la casa de la vecina.
Temprano llegó el criado de la vampira con el detergente y todo
lo demás. Vestía como un jardinero y tenía una extraña
manera de hacerlo todo misteriosamente. No miraba, analizaba, y no caminaba
sino que más bien merodeaba. La ingenua limpió un poco
por aquí y por allá con la inconstancia que la caracterizaba.
Se detuvo en los lugares visibles y el resto lo resolvió con abundante
perfume. Los dos querían ir a devolverle las cosas a la vecina.
Discutieron disimuladamente y ganó ella porque «eso es cosa
de vecinas», aseguró. Pero no tuvo suerte, sólo pudo
hablar con el criado. Sin embargo, tuvo tiempo de estudiar la sala de
su enemiga. Ella podía leer el carácter de las personas,
como un perfilista del FBI, sólo mirando los adornos de una mesita
ratona o el color de unas cortinas. Y un incontenible sentimiento de
ira le nació en las entrañas al llegar a la conclusión
de que era un espacio diseñado para pensar. Seis metros cuadrados
de libros, calculó a ojo. Papeles y lápices. Un globo terráqueo.
Un tablero de ajedrez. Alguna que otra misteriosa antigüedad egipcia.
Esas eran para ella inequívocas señales de cultura y misterio.
Justo lo que ella se había llevado siempre para Marzo.
-¿Pero quién se cree que es ésta?- murmuró entre
dientes. Lo que no sabía es que esos libros prácticamente
no habían sido tocados ya que la vecina leía a escondidas
patéticas novelitas románticas. Que el tablero era ornamental
ya que no sabía jugar al ajedrez. Y que las misteriosas antigüedades
egipcias eran, en realidad, de yeso y habían salido del mismo
conteiner que una docena de despertadores de plástico, diez muñequitos
de peluche, cincuenta abrelatas, quince agendas perpetuas y otra serie
de maravillosas porquerías made in Taiwan.
Después del almuerzo, el imbécil salió a caminar
un rato. No había caminos, ni sendas, ni una piedra recordaba
a la otra. Así que lo que en principio era una línea recta
se convirtió en un ridículo laberinto. Buscando el camino
de regreso lo sorprendió la noche. Extenuado de levantar los pies
con una masa de barro pegada a la suela se acurrucó bajo un árbol
como un niño perdido. El sudor le empapó la frente y la
barbilla. La niebla se le acercaba por todas partes y el cielo parecía
humo. Se cruzó las solapas en un vano intento de acomodarse y
cantó o algo parecido. La lengua acalambrada casi no le respondía.
Por fin, después de maldecirse mil veces por haber tenido la absurda
idea de salir a pasear, se quedó dormido. Con los pulmones oprimidos
por la humedad y la piel empapada de frío. Despertó al
amanecer y tuvo conciencia de que el estado en el que había entrado
durante el sueño no era pasajero. Que ningún cambio, por
profundo que fuera, aliviaría la opresión de sus músculos
y la agonía de sus huesos que se roían como un barco viejo.
Se puso de pie y vio que a pocos metros estaba su casa. Delante de sus
narices. Antes de volver, espió un poco el jardín de la
vampira. Se escuchaba el chirriar de un columpio oxidado. Era ella la
que sonaba así. Con un vestido ajustado hasta los huesos, estaba
colgada de la rama de una higuera boca abajo y con los brazos cruzados.
Parecía dormida porque se dejaba balancear al compás del
viento. Pero no dormía. Sonrió satisfecha al sentirlo cruzar
el jardín en puntas de pie.
Cuando el imbécil entró en su casa no vino la ingenua
a echarse a sus brazos preocupada o enfurecida porque había pasado
toda la noche fuera. Eso podía significar solamente dos cosas:
se había vuelto loca o estaba muerta. No la buscó por toda
la casa. Sólo podía perder la razón o la vida en
un lugar: la cocina. En el armario de las cosas de limpieza estaba perfectamente
guardado su cadáver. Sin reacción visible, el imbécil
tiró de sus piernas dejándola rígida en el suelo.
La comparación entre la alegría de las baldosas y la piel
lista para pudrirse de su esposa fue lo que disparó el llanto.
Más terror que pena había en sus lágrimas. Pensó que
perderla era una catástrofe, que no tenía dónde
enterrarla y que quizá sospecharan de él la policía,
los vecinos, sus suegros, la prensa y él mismo. Mientras su cerebro
vivía este atropello de horrores simultáneos, oyó las
voces de dos viejas que venían en camisón hacia la casa. «Qué ridícula
ropa para este momento» pensó el imbécil al verlas.
Una de ellas lo abrazó con gran ternura y repetía entre
sollozos:
-¡Lo sabía, lo sabía!- Mientras, la otra examinaba
el cadáver con frialdad forense. Eran vecinas también y
se llevaron al imbécil de casa en casa para que todo el vecindario
pudiera acariciarlo y compadecerlo. Entre todos arreglaron el entierro.
Había miradas de odio hacia la vampira que aún colgaba
de la rama bien entrada la tarde. «¿Qué pasa que
ella no viene a consolarme?» pensaba el imbécil mientras
era manoseado por las cristianas manos de jóvenes y ancianas.
Se resolvió que el cortejo fúnebre iría hasta el
muelle del club que era más grande y pintadito para una ocasión
especial como aquella. Desde allí sería transportado en
lancha a la estación. Uno de los vecinos tenía una trompeta
pero no sabía ninguna marcha fúnebre. De hecho sólo
se sabía de memoria «El bulín de la calle Ayacucho» que
tocado lento y sin letra no sonaba tan mal para un entierro. Así que
no bien salieron con el féretro al hombro despertaron la curiosidad
de un contingente de turistas europeos que desde un catamarán
y al grito de «¡Tango! ¡tango!», comenzaron a
sacarles fotos compulsivamente mientras los mosquitos se chupaban todo
prendidos a sus pieles lechosas. El cortejo avanzó solemne intentando
con todas sus fuerzas llorar pero les era muy difícil al no conocer
a la difunta más que de vista. El viento se levantó de
pronto y era tan fuerte que casi no permitía caminar en línea
recta. Su fuerza irresistible los estaba desviando hacia el borde de
la senda donde nacía la pendiente que terminaba en el río.
El de la trompeta desafinaba a lo grande. Sus chillidos de músico
aficionado se perdían de pronto llevados por una ráfaga
y volvían sorpresivamente para clavarse en el tímpano inconexos
y asesinos. Finalmente, uno de los hombres que portaba el ataúd
cedió a la fuerza del viento. Los demás se vieron arrastrados
por la debilidad del primero y casi corriendo llegaron al borde de la
senda. Desbaratado el paso, el ataúd rodó pendiente abajo
violentamente, cayó al río con un patético ¡SPLASH!
y se hundió sin mayor ceremonia.
Acurrucado en el porche, el imbécil se dedicó a espiar
la casa de la vecina. A medianoche ella descendió de la rama y
se fue en su caballo a paso lento. Siempre se comportaba como si la estuvieran
mirando. Seguramente porque siempre la estaban mirando. Volvió de
madrugada. Pero volando. Su criado, haciendo equilibrios en el tejado,
guió el aterrizaje con linternas en las manos.
-¡Vuela! ¡vuela!- murmuró con pánico el imbécil.
Corrió a gatas hacia el interior de la casa y revolvió toda
la cocina buscando ajos. Sólo había uno y medio podrido.
Lo desmenuzó con sus propios dientes y mientras se lo frotaba
por todo el cuerpo, recordó el cuello del cadáver de su
esposa. Se le secaron las encías. Gesticulando con desesperación
consiguió humedecerlas a duras penas. «¿Por qué tiemblo?» se
preguntaba abrigándose con sus propios brazos. Estuvo horas en
el suelo de la cocina, el miedo dio paso a la sabia tranquilidad del
condenado. Así que se dedicó a esperar con algún
que otro sollozo de despedida. Pero nadie venía a morder.
Al amanecer escuchó otra vez el chirriar de columpio en el jardín
de al lado. Se levantó entumecido y asomó la cabeza por
la puerta de la cocina. Allí estaba ella meciéndose en
el vientito mañanero. Plácida, satisfecha y abandonada.
El criado merodeaba barriendo hojas secas y al verlo entendió sus
intenciones. Buscó algo en su armario de jardinero. Se acercó sigiloso
al imbécil y le tendió un martillo y una estaca con cara
de «ya sabe lo que tiene que hacer». Él tomó las
armas y se encaminaron al jardín de la vecina. El criado la sujetó con
suavidad para no despertarla. El imbécil puso la punta de la estaca
en el aniñado pecho de ella y cuando estaba por dar el martillazo
asesino, se abalanzó enloquecido sobre el criado. Como animales
salvajes y bastante torpes forcejearon en el suelo hasta que el criado
consiguió desenredarse y se alejó entre la vegetación
gritando:
-¡Está loco! ¡está loco!-.
Mauricio dejó caer la estaca y el martillo al suelo, se acomodó la
ropa y miró a la vecina del sueño profundo. Con un suave
empujoncito la puso a balancearse de nuevo. Después entró en
su casa y se sentó en la cocina para volver a empezar la escena
de sus últimas horas.

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