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Vagancia (2002)

Eran las ocho y media de la mañana. El cielo estaba amarillo, el color de la envidia. No había mucho oxígeno. Iba a llover de nuevo. Me senté frente a la ventana a tomar un té. Todo estaba silencioso aún. Hasta mi cuerpo estaba callado. Sereno. Por fuera. El té estaba tan caliente que me anestesiaba la lengua. Lo tomé a sorbitos. Me sentía igual que cuando desayunaba antes de ir al colegio. La misma mano asesina estrujándome el estómago. El mismo nudo en la garganta. Igual que cuando, en mi ignorancia infantil, cerraba los ojos y convocaba a las hadas para que me llevaran lejos. ¡Pero las hadas son tan serias! No atienden ese tipo de peticiones, según parece. Están con toda esa mierda de las responsabilidades y los compromisos adquiridos. Se me terminó el té. Ya no había excusa para no salir para la oficina. ¿Y si me tomaba otro té... para que aún siguiera siendo el momento del té y no el de salir para la oficina? No podía porque entonces iba a llegar tarde y eso era peor teniendo en cuenta mi legajo. Por un segundo se me cruzó la idea de faltar. Sólo un día. ¿Qué puede importar un día en la historia de la humanidad? De pronto, tronó en mi mente la sentencia de mi padre: «¡Yo me rompí el culo toda la vida en un trabajo de mierda!». Salté de la silla avergonzada de mí misma viendo su imagen inquisidora por todas partes. Tan bueno, tan digno, tan trabajador... tan idiota. ¿Cómo podía sentirse orgulloso de no haber podido ni siquiera encontrar, en toda su vida, un trabajo que le gustara? Aunque no sé si realmente estaba orgulloso de haber sido un gusano o, más bien, sentía rencor y quería asegurarse de que yo lo fuera también. Salí de casa arrastrando los pies. Sentía cómo se abrían y cerraban las rejas de la cárcel a mi paso. Casi podía oír al sacerdote rezando por mi alma. Entré al ascensor como a la cabina de gas. Cerré las rejas. Apreté el botón. Vi el gas colándose por las esquinas. Envolviéndome. Tenía color y olor. Me estrangulaba. Me asfixiaba. No, no tuve suerte: llegué viva a la planta baja. Me miré en el espejo del edificio. Mi uniforme de presidiario estaba un poco arrugado. Minifalda de lino negro. Todo planeado para parecer sana. Saco entallado negro. Todo planeado para no llamar la atención. Zapatos negros de punta cuadrada. Todo planeado para no dar lástima. Pelo recogido atrás con una pincita forrada de terciopelo. Todo planeado para inspirar confianza. Maquillaje discreto en tonos cálidos. Todo planeado para no agredir. Cadenita de oro con la inicial de mi nombre. Todo planeado para no ser agredida. Olor a flores. Qué asco. Llegué a la parada del colectivo y lo dejé pasar tres veces. No podía tomar la decisión de abordarlo. Cuando el morro del cuarto colectivo dobló la esquina se me vino el mundo abajo. Avanzaba hacia mí y a mitad de calle se transformó en un dragón verde azulado. Echaba fuego por los faros y venía a devorarme. Entré en su panza llena. Me abrí paso a empujones hasta encontrar un lugar de donde agarrarme. Todos éramos víctimas del dragón pero, sin embargo, no sentía solidaridad por nadie. Sólo desprecio y desconfianza. Después me apliqué a una sola tarea : conseguir un asiento. Un asiento individual porque no quería respirar cerca del cuerpo de nadie esa mañana. Como una bestia concentré cuerpo y alma en ese único propósito. Frente a mí, en la línea de asientos individuales, una cuarentona estaba acomodando el bolso y el paraguas que llevaba sobre los muslos. Se iba a levantar o acomodaba las cosas sólo para hacernos desear su lugar. De pronto, saltaba, miraba los letreros de las calles para, inmediatamente, relajarse de nuevo. Una y otra vez. En cualquier momento iba a salir corriendo hacia la puerta para bajarse. Tenía que estar preparada. Miré a mi alrededor para relevar a mis posibles competidores en la toma del asiento. ¡Mierda: una vieja! ¡Tenía una vieja al lado!... y ya me había visto por el rabillo del ojo. También estaba pendiente de la coreografía de la cuarentona y también estaba dispuesta a todo por sentarse. Su condición de desahuciada era una carta a su favor. De a ratos, emitía un suspiro lastimero para avergonzar a todos. Eso era razón suficiente para no tenerle piedad. Por dramatizar. Además, no era tan vieja. Tenía muy mal las manos, con las falanges erosionadas como una bruja pero de cara estaba bastante bien y se había vestido con aire juvenil. ¿Quieres parecer joven? ¡entonces, quédate de pie! La cuarentona saltó de nuevo en su asiento. Esta vez era la definitiva: tenía una corazonada. Iba a caminar hacia su derecha en dirección a la puerta. Debía dejarla pasar obstruyendo a la vieja al mismo tiempo, es decir, echarme sobre mi izquierda. Pero era un movimiento antinatural que se iba a notar mucho. No. No porque eso podía despertar la solidaridad de alguna otra vieja. Debía confiar en mi dinamismo y la ventaja de mi juventud. Debía ser más rápida. La cuarentona se levantó. Salió tropezando porque no le dimos espacio. Puse la pierna dentro: el lugar era mío. El conductor clavó los frenos y la vieja salió despedida. El cuerpo de un albañil la detuvo. Se escuchó un disfónico «¡hijo de puta!» en el sector del fondo. La vieja se recuperó y me dirigió una mirada envenenada. «Supervivencia del más apto, abuela» le contesté con los ojos. Se asustó y miró por la ventanilla. Ya estaba lloviendo.
Llegué al trabajo. Mi oficina era un puñado de cubos separados por paneles de Durlock llenos de smog. Mi cubo era uno de los más grandes. Medía 2,50 x 2,00. Tenía 50 centímetros más en alguna parte. Por eso los demás me odiaban desde el primer día. Miré mi computadora. Me dejé llevar hipnotizada por el protector de pantalla. Algún mediocre se había tomado el trabajo de poner ahí un cuadro de Munch para que una burbujita lo fuera deformando mientras rebotaba en los cuatro costados de la pantalla. Ya se podía oler en el ambiente a la asistente : el brebaje de café instantáneo con edulcorante, el perfume pegajoso y el fijador de cabello. Se acercaba por el pasillo con su andar apresurado y eléctrico de comadreja. Le brillaban las cadenas de oro bajo la luz de morgue de los tubos fluorescentes. Venía a mostrarme el arreglo de flores de plástico que había comprado para su escritorio. Le gustaban las flores pero las de verdad se le morían antes de lo normal dejando en evidencia su podredumbre espiritual. De cerca era repugnante. Tenía la cara llena de manchas marrones de maquillaje mal extendido. Siempre odié a las mujeres que no saben maquillarse porque hace falta ser torpe para no saber hacer lo que las mujeres han hecho desde la creación del mundo. Su pelo planchado era una central eléctrica y su irritante flequillito batido le daba un aire de gallina siniestra. Estaba helada como si fuera de mármol, acogedora como una tumba. Reí sus chistes desubicados de puta bañada y le contesté con evasivas para que saliera rápido de mi cubo. Me preguntó por la carta que yo debía escribirle. Le dije que estaba casi terminada. Se fue. Su olor se quedó allí por una hora. Saqué la carta del cajón. Decía «Estimado Orestes:...». Nada más. No recordaba qué contenido debía ponerle. ¿Era una carta de agradecimiento o de invitación? ¿una intimación, una felicitación o una amenaza de muerte ? No podía recordar y ya no podía preguntar. Estimado Orestes. Estimado Orestes. Si después de tantos días iba a preguntarle de qué trataba la carta, estaba muerta. Estimado Orestes. Estimado Orestes. ¡Dios mío! «Estimado Orestes: no soporto más. Me siento tan, tan deprimida que preferiría estar muerta. No, mejor preferiría morirme todas las mañanas y renacer todas las noches solo para poder morirme de nuevo. Te espero el sábado 12 en El Británico a las 17 :00 horas. Si no vas, me suicido» escribí. Cerré el sobre y le pedí al cadete que la llevara al correo.
Disimulé mi ociosidad hasta las 11:30. Después me levanté y salí de mi cubo. Todos estaban disimulando. Siempre me pregunté quién hacía funcionar la empresa si todos estábamos todo el día haciendo tiempo. Alguien estaba trabajando por nosotros en alguna parte. Pero tampoco entendía por qué alguien nos iba a hacer semejante favor a nosotros que éramos una manga de hijos de puta. En la cocina estaba Graciela, la mucama. Feliz porque la asistente le había dejado elegir el color de su uniforme, haciéndome el café como si yo fuera paralítica, mirándome como si yo estuviera en la cima del mundo. Los buenos son buenos en el campo pero en la ciudad parecen tontos. O quizá no me admiraba. Quizá me estaba tomando el pelo o esperaba conseguir algo a cambio. Sí, seguramente, me iba a pedir algo. O quizá quería que entráramos en confianza para que yo dijera algo que la asistente pudiera usar en mi contra. Quizá era Satanás con acento santiagueño. No, no era más que buena. Pero ¿para qué?
Estiré el café hasta la hora del almuerzo. Mientras me ponía el saco, llamó una señora desesperada reclamando no sé qué. Me la saqué de encima lo más rápido que pude. No me podía comprometer con los que llamaban porque sino después todos se creían importantes y me volvían loca. Mientras caminaba por el pasillo sonó otra vez mi interno. Me encerré en el baño hasta que la recepcionista se dio por vencida. Y al salir no tuve que darle explicaciones porque estaba hablando con un mensajero. Vamos a ver, eran las 13:00 horas pero el jefe no iba a llegar hasta alrededor de las 15:00 porque tenía un almuerzo. Así que, como era su costumbre, llamaría para controlar que todos estábamos trabajando mientras él se divertía antes de entrar en el almuerzo. O sea, a las 13:30 más o menos. Si la recepcionista le decía a esa hora que yo acababa de salir podía tomarme una hora y media de almuerzo en lugar de una solamente. Volví sobre mis pasos y le pedí a la recepcionista que me hiciera el favor. Ella me guiñó el ojo cómplice. Pero yo no iba a dejarle creer que teníamos secretos.
-No, es que tengo que ir a hacer un trámite- le dije y ella adoptó una postura falsamente solemne. «No quiero cómplices, imbécil» pensé en el ascensor.
En la calle seguía sin haber aire. Ya no llovía, había salido el sol. Entré en McDonalds. Estaba atestado de gente. Me puse en una de las confusas colas. Un hombre encendió un cigarrillo. No era el área. Una empleada se lo hizo apagar. Él pidió disculpas pero todos siguieron mirándolo como si estuviera infectado. Cuando me llegó el turno de pedir no supe qué decir. Había tantas opciones que me sentí totalmente confundida. ¿Con queso o sin queso? ¿de pollo o de carne? ¿grande o chica? ¿con condimentos o sin condimentos? ¿con papas o sin papas? ¿papas grandes, medianas o chicas? ¿gaseosa grande, chica o mediana? ¿para llevar o para comer ahí? ¿todo junto en forma de combo o por separado? ¿cuántos centavos ahorro pidiéndolo todo junto? ¿tomo la opción del helado con un peso más y el ticket? Cuando volví de mis reflexiones la cajera estaba atendiendo a otro y me habían desplazado del lugar sin que me diera cuenta. Desde la pared, el empleado del mes me miraba con sonrisa escéptica. «No, no formas parte de toda esta belleza» me decía. Una señora me miraba también. Estaba asustada de que yo estuviera parada en medio de dos colas sin hacer nada y pensando. En el mundo de la acción no se debe pensar en público: es raro. Comencé a caminar hacia la puerta en estado de trance. Todo el mundo hablaba desesperadamente rápido y alto. Pasaba la gente de un lado a otro. Y los autos rodaban en una procesión metalizada que desaparecía al fondo de la calle tras la cortina del sudor de toda la Humanidad. La vereda era muy estrecha. El sol salió de pronto y era un ardiente dedo pulgar sobre mi cabeza. Aplastándome. Necesitaba sentarme. Pero no había dónde así que me tomé un colectivo. No pagué. Simplemente subí y me senté. El conductor no se dio cuenta. Yo tampoco, en el primer momento. Después sí pero ni por casualidad pensé en enmendar el error. No es heroico. Quizá lo sea para quien cree que el dinero se le devuelve en obras. Pero eso es algo como creer en Dios: una cuestión de fe. Yo, por mi parte, siempre que pude no pagué. Eso aprendí de mis padres. Mejor me quedaba tirada en la cama pensando. Más tarde inventaría una buena excusa. Sólo una tarde de libertad. Una nada más. Por la vereda pasaban mujeres idénticas a mí. La misma ropa, el mismo cabello, los mismos accesorios, la misma edad... ¿se sentirían como yo? ¿esa cara de sé lo que hago sería verdadera o una mueca aprendida como la mía? No se podía adivinar. Me miré en uno de los espejos del chofer. Yo no tenía cara de estar pensando lo que estaba pensando. Tenía el mismo gesto indescifrable que ellas. Estaba sentada normalmente. En el tercer asiento de un colectivo cualquiera. Con mi carterita, mis joyitas, mis zapatitos, mis piernitas cruzadas. Y sin embargo, yo no quería trabajar, ni ascender, ni optimizarme, ni definir mi perfil, ni brillar en una reunión donde cuatro viejos atestados de colesterol malo me felicitaran y me otorgaran el pasaporte para entrar al mágico mundo de los zorros y las zorras. Yo no quería leer la revista dominical, ni votar, ni tener un auto, ni unas merecidas vacaciones. Yo, la del tercer asiento, habría matado a más de uno si no existiera la cárcel. Yo, la del tercer asiento, no tengo nada que ver con nadie. No amo a nadie. No respeto a nadie. No busco nada y no creo que nada pueda satisfacerme jamás. Preferiría que me partiera un rayo. Simplemente.
Orestes no fue a la cita. Lo esperé casi dos horas. «Orestes... eres un egoísta indiferente o sea, estás condenado a triunfar» pensé mientras embollaba el sobrecito de azúcar. Cuando llegué a casa, tres compañeras me habían dejado mensajes apocalípticos en el contestador. «¡Te van a echar!» era la frase del día. Orestes era un delator. Había hablado con mi jefe de mi conducta anormal y ya se sabía que yo estaba fuera. Y todos se peleaban por ser los primeros en decírmelo. No para ayudarme en algún sentido sino para escuchar mi desesperación bien fresca. Sonó el teléfono. La voz de Graciela se escuchó en el contestador. También quería darme la gran noticia. Hasta los buenos se volvían contra mí. ¿Qué podía esperar, entonces?
El Lunes entré en la oficina jurándome que no iba a llorar. Que iba a ser lo suficientemente cool. El jefe estaba absorto mirando arder los leños en su chimenea de ladrillos barnizados. Su abrigo azul marino, tieso y nazísticamente limpio, estaba estirado como un cadáver ilustre sobre el sofá. Me recibió con gesto compungido. Sonó el teléfono. Atendió mientras me invitaba a sentarme. Su gesto compungido se tornó en sonrisa de simpatía impostada. Como por instinto se puso de pie para hablar y hacía medias reverencias. Evidentemente estaba hablando con alguien que tenía más dinero que él. Las fundas de sus dientes, más blancas que los resultados de Skip, relucían en su cara chamuscada por la cama solar. Los siete pelos enfermos que le cubrían la cabeza bailaban en el aire. Estaban erizados de sumisión, ansiosos de hundirse en el culo del señor importante que estaba al otro lado del hilo telefónico. Su conversación terminó entre chistes cínicos de hombrecito listo que entendió las reglas del juego antes que nadie. Retomó su gesto compungido cuando se topó con mis ojos. Acomodó la foto de su madre que tenía en el escritorio, tomó aire y arrancó con su discurso. Empezó elogiándome, recordando algunas anécdotas encantadoras y otras que demostraban mi innata inteligencia emotiva. Continuó valorando mis esfuerzos, mi capacidad de aprendizaje, mi buena relación con los compañeros. Y cerró echándome. Con una vomitiva pose de tristeza se puso de pie y me abrazó. Adiós. Caminé por el pasillo recién pintado y le planté la suela sucia del zapato en un lugar bien visible. Me sentí muy valiente por un segundo. Después seguí caminando hasta el ascensor con mi ancestral y entrañable cara de nada.

Iba en el colectivo hacia ninguna parte. Pero no me sentía libre sino aterrada. Toda la ciudad era mía o estaba, así toda entera, dispuesta a aplastarme. Me apoyé en la ventanilla pero todo vibraba haciéndome temblar los dientes. El colectivo avanzaba por una calle llena de baches, prostitutas y casas de audio. En la pared interminable de un convento las monjitas estaban enfrascadas en la misma absurda coreografía de todos los días: pintar de blanco las blasfemias de graffitti de la noche anterior. Ahora que ni a Dios le importa el qué dirán, ellas y sus blasfemos eran la versión post-punk, post-moderna y post-morten de las Cruzadas. Había una especie de neblina sucia en el aire. Era tierra de la inundación pasada. Todavía había barro en las veredas. Un equipo de salvamento estaba haciendo pinta en la calle porque a un chico se lo había tragado la alcantarilla. Y yo ahí, pensando en mí. Enferma y egoísta como si fuera un genio en algo. Yo ahí. Huyendo de nada, de cabeza a la nada. Yo oficinista. Yo desempleada. Yo vagabunda. Había soñado muchas cosas para mí y terminé siendo como esa colección de cuentos que tuve cuando era niña: «Raquel peluquera», «Raquel doctora», «Raquel mamá»... donde una pluriempleada pelirroja contaba sus mediocres peripecias laborales en verso. Me marcó particularmente «Raquel peluquera». Recuerdo los dibujos. Recuerdo vagamente a Raquel. Era alta como una mujer pero con proporciones de niña. Una deforme. Quizá el dibujante pensó que Raquel, su criatura, era encantadora y a mí, sin embargo, me arruinó la vida. ¿Por qué no le hizo cuerpo de mujer?, ¿por qué dibujó una niña de casi dos metros? El colectivo se abría paso entre los autos. El conductor tenía prisa por llegar a ninguna parte. Yo vagabunda. ¡Qué excitación sentía al pensarlo! Me acordé de Chaplin y se me hizo un nudo en la garganta. «Smile». Qué belleza. Qué mentira. Yo había visto una mañana a una vagabunda tirada en la calle con el pantalón por las rodillas porque alguien se la había culeado aprovechando que estaba borracha. Y había visto cómo los niños al pasar la miraban con asco y miedo. No como a Chaplin. Abrí el monedero. Tenía cincuenta centavos. Bueno, se acabó. Ya soy vagabunda. Ya voy hacia el horizonte, el colectivo recortándose a contraluz sobre el puente Pueyrredón.

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